*** La palabra y la memoria como resistencia y trascendencia ***
La vida, los pasos, las historias, nos construyen pasadizos hacia lugares indescifrables. Encuentro en la literatura la posibilidad de deconstruir y reconstruir sobre los estereotipos que nos ha tatuado la sociedad, sobrepasando los límites que muchas veces no nos permiten ser auténticas. Descubrir en la mirada, en los gestos, en las sonrisas y en las lágrimas, el lenguaje exquisito de la humanidad; un lenguaje que habita en las expresiones culturales, en los pueblos y nacionalidades que persisten, resisten y se reinventan frente a una sociedad globalizadora que intenta homogeneizarnos.
Es ahí cuando se revela otra forma de literatura. Una que va más allá de lo académico. Una literatura que vive en la riqueza de la expresión oral, en la memoria compartida, en el relato que no necesita papel para existir. Escribir sin letras, descansar sin puntos seguidos, respirar sin comas y reír sin puntos suspensivos. Una literatura que no siempre se ve, pero que siempre ha estado viva.
En mi trabajo literario me es necesario hablar de resistencia. Una resistencia que no es solamente oposición, sino permanencia. Permanecer siendo lo que somos, sin miedo, en la búsqueda de igualdad. Pero también, una resistencia que se transforma en trascendencia. Porque no basta con resistir: es necesario trascender.
Y en ese camino, apelo al amor como el único recurso verdaderamente posible. No como una idea romántica, sino como una fuerza política y profundamente humana. Una herramienta poderosa que nos permite abrir caminos de paz, donde puedo reconocerme en la mirada de la otra, del otro; donde puedo ver en el dolor ajeno, mi propio dolor, mi propia historia. Y es allí donde nos humanizamos, donde dejamos de ser extraños y comenzamos a ser espejo.
Hablar de resistencia, para mí, es siempre abrir la puerta hacia la trascendencia. Es buscar ese punto común que nos permita vivir en armonía, sin borrar nuestras diferencias, sino honrándolas.
El Festival “Miradas de mujeres en las letras, pueblos y nacionalidades” me ha brindado la posibilidad de liberar la palabra. Y al liberarla, también he podido extender una red invisible que nos sostiene. Una red tejida de historias distintas, pero profundamente conectadas: historias de comunidad, de migración, de ciudad, de desplazamiento interno. Historias que, aunque distintas en forma, comparten un mismo pulso.
En mi obra “El refugio de mi palabra”, con la que participé en este concurso, parto desde un estado actual, desde un lugar de cuestionamiento. Pero no es un cuestionamiento hacia mí misma, sino hacia un sistema que nos exige cumplir con normas, con estándares, con formas de ser que muchas veces ignoran nuestro sentir, nuestra historia, nuestras fracturas.
Porque somos mujeres que nos reconstruimos desde la fragmentación.
Empiezo así:
“Frente a mí hay libros. Pienso en sus autores y en el gesto de soltarlos como quien deja ir a un hijo para que habite otros hogares, otras manos, otros ojos. Miro mi propio libro en la sección de poesía y, aunque no haya gestado un hijo humano, he dado forma a este otro que tiene voz, rostro y ropajes. Él me recuerda quién soy y me devuelve mi niñez.”
Desde este punto comienzo a deconstruir mi historia. Como una mujer que ha vivido al borde. Al borde de la ciudad, que te exige luchar el doble por ser mujer, y aún más por ser indígena. Pero también al borde de la comunidad, donde a veces se cuestiona a la mujer que decide diferente, que transita otros espacios, que adquiere otros saberes.
Y es en ese borde donde se construye la identidad. Una identidad que no es estática, sino en constante movimiento. Una identidad que implica romper el miedo todos los días, quebrantar estereotipos, resistir miradas, sostener silencios.
La literatura ha sido ese puente. El espacio donde una hoja en blanco deja de ser vacío y se convierte en energía, en voz, en posibilidad. En el lugar donde alguien que ha sido callado, finalmente puede hablar.
En esta obra me permití letrar las emociones de mi niñez. Nombrar aquello que muchas veces se queda en el cuerpo. Cuando salí de mi comunidad kichwa hacia una ciudad cosmopolita, eminentemente blanco-mestiza, con múltiples identidades urbanas, pero también con profundas brechas invisibles.
Y es imposible olvidar fragmentos que dicen:
“El miedo me envolvía. Miedo a todo lo que me rodeaba en la ciudad. Las niñas me observaban con una curiosidad fría, preguntándose por qué mi español tropezaba. Esa interferencia me delataba y alimentaba un pánico más hondo, silencioso, con apenas cinco años.”
Situaciones en las que probablemente muchas personas de comunidades nos reconocemos. Cuando, sin entender por qué, nuestro español —ese español aprendido— no logra ser suficiente. Y entonces somos leídos desde la carencia, desde la falta, desde una mirada sesgada que no reconoce la riqueza de una lengua originaria detrás de esa aparente “imperfección”.
Así mismo, en fragmentos como:
“Luego, con el uniforme puesto y los zapatos relucientes —aunque pronto se cubrirían de polvo—, emprendíamos la caminata de varios kilómetros hasta la parada del bus… En otras noches, la luna nos acompañaba, y en ella podía vislumbrar los perfiles de la Sagrada Fanilia. Entonces, ya no caminábamos solos mi padre y yo. Éramos caravana.”
En estos relatos se revelan los avatares de quienes crecimos en medio de una brecha social profunda. Donde cada paso implicaba un esfuerzo doble, donde alcanzar una oportunidad requería atravesar múltiples barreras. Y, sin embargo, también había una espiritualidad encendida, una fuerza invisible que nos sostenía y nos decía que era posible.
“El refugio de mi palabra” se convierte así en una lluvia de imágenes. En escenas que muestran la vida de una niña que aprende a habitar el mundo desde el miedo, pero también desde la imaginación. Una niña que encuentra en los libros amigos, refugios, universos paralelos para sobrevivir a realidades muchas veces violentas, pero naturalizadas.
Recuerdo también:
“Esperaba con ansias los domingos… cuando mi papá se esfumaba en sus parrandas, me refugiaba en la cueva del hospital… releía una y otra vez esas revistas… hasta que las palabras se grababan en mi memoria.”
Las palabras de otros me dieron refugio cuando el mundo no lo hacía. Me dieron calor, compañía. Y en ese proceso, nació en mí el deseo de escribir. No como un acto estético, sino como una urgencia.
Muchos de mis primeros escritos terminaron en la basura. No porque no valieran, sino por vergüenza. Porque escribir también implicaba exponerse. Pero con el tiempo comprendí que escribir era un acto de resistencia.
- Resistir al conformismo.
- Resistir a la idea de que la vida debía ser así, sin más.
- Resistir al pensamiento de que “nosotros, los otros”, no podíamos lograrlo.
Entonces escribir dejó de ser un privilegio. Se convirtió en una necesidad. Una forma de sobrevivir a los vientos violentos de la modernidad.
Y así:
“Dejé de ser consumidora de letras para convertirme en fábrica de palabras… relatos de una migración interna… cómo resistir, cómo cantar, cómo construir el nido en distintos pisos climáticos del alma.”
Porque la comunidad nunca me abandonó. Vive en mi sangre. Se repliega, se transforma, pero permanece. Lo que se nace siendo no se desarraiga. Se adapta, se resignifica, encuentra nuevas formas de existir.
Para nosotros, los pueblos, escribir con las manos puede ser un aprendizaje reciente. Pero escribir… siempre lo hemos hecho. Lo hacemos con la memoria, con el cuerpo, con la oralidad, con las luchas, con la vida misma.
Mi búsqueda hoy va más allá de la resistencia. Es también una invitación a mirar la belleza en la diferencia. A escuchar con respeto los distintos tonos, los distintos cantos que emergen de nuestras culturas. A construir una interculturalidad real, donde no se aplaste al otro, donde no se silencie al diferente.
Porque al final, en medio de todas las diferencias, de todas las luchas, de todas las historias… tenemos un solo camino: el AMOR.
By. Gladys Potosí Chuquin




