La poesía en LA FILBO 2026. Bogotá, la atenas sudamericana. Colombia

Participar en una Feria del Libro es, en sí mismo, un acto maravilloso, la belleza del caos de una ciudad convertida en una biblioteca viva, palpitante, infinita.

Esta vez caminé por una Bogotá colorida, sabrosa, diversa. Miré rostros, sentí conversaciones calurosas, descubrí la poesía habitando cada rincón. Lo hermoso de su gente.

Corferias fue el epicentro donde la FILBO 2026 desplegó su universo, con más de 563.000 asistentes a lo largo de 14 días, una multitud respirando palabras.

 

 

 

Dentro de este gran tejido, el 34° Festival de Poesía de Bogotá 2026 tomó su lugar, elevando la voz de los pueblos originarios con un homenaje profundamente significativo al escritor Hugo Jamoioy de la familia indígena Camsá del sur de Colombia. Su poesía tiene canto de guacamayos, colores de arcoíris, danzas, sueños, vuelos y todas las conexiones a la Pachamama. Fue un acontecimiento muy importante, pocas veces —o quizá ninguna— una gran feria del libro en una metrópoli ha abierto un espacio de reconocimiento tan claro y necesario a las lenguas originarias. (Corríjanme si me equivoco).

El lanzamiento de su libro Danzantes del viento de Hugo Jamioy, nos inspira a quienes habitamos la creación a seguir el camino de la palabra y la oralitura, ese puente sagrado entre oralidad y escritura. Qué delicia escucharnos, abrazarnos, reconocernos en este caminar paralelo que sostenemos desde nuestros propios territorios.

Tuve también la posibilidad de compartir la palabra en lugares profundamente significativos, como El Tranvía, en el centro de la ciudad. De allí me llevo un regalo que habita en mi piel invisible, como un tatuaje: «Memento mori».

 

El compartir en la FILBO fue un espacio precioso dedicado a la palabra de nuestros abuelos: una palabra consciente, despierta, apasionada, alegre. Una palabra capaz de contagiar la belleza del agua, del viento, del fuego y de la misma allpamama, a través de la mirada y la voz. Para enamorar sin esfuerzo, solo desde la autenticidad.

El encuentro con jóvenes fue profundamente gratificante. Ver nuevas flores poéticas crecer, apasionarse, entregarse al arte, nos recuerda que algo estamos haciendo bien. Así llegamos a la Universidad de los Andes y a la Pontificia Universidad Javeriana, espacios donde la palabra florece porque hay quienes la cuidan y la hacen posible.

 

La Casa de Citas también se llenó de poesía, en un duelo poético cuyo verdadero propósito fue expandir el corazón de todos los presentes. Un cierre hermoso que nos habitará hasta el próximo encuentro en algún lugar del planeta. Por cierto, en la Casa de Citas quedan algunos libros PURIK ARAWI para quienes quieren contagiarse.

Agradezco profundamente a la organización del Festival de Poesía de Bogotá, con la confianza del cuidado de estos espacios. Que sigan creciendo, fortaleciéndose, sosteniéndose con mayor conciencia, entrega y presencia.

Gracias a cada persona que fue parte de esta ruta poética.

A nosotrxs, lxs creadores, nos queda el compromiso de continuar este trabajo apasionado con el corazón y los ojos abiertos, para ser capaces de contagiar ganas de vida a cada ser que nos escuche.

¡Larga vida a la poesía, querida Bogotá!

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