Taller literario de oralidad y escritura, pueblos y nacionalidades en Otavalo

Luego de unos días maravillosos en la cálida Lima, el mediodía del 25 de marzo de 2026 aterricé en suelo ecuatoriano. Vivimos en un país hermoso, lleno de contrastes, con un clima que abraza.

 Llegué a Quito y, con la misma prisa con la que descendió el avión, tomé mis cuatro cachivaches y partí hacia la Panamericana, rumbo al “valle del amanecer”, Otavalo en Imbabura.

Fui convocada para facilitar un taller con mujeres líderes dentro del Festival «Miradas de Mujer», coordinado por la Fundación Kimsaya. Su directora, Isabel Rodríguez, había preparado cada detalle para que este encuentro se hiciera posible.

En un acogedor salón del Municipio de Otavalo, todo estaba listo. Poco a poco fueron llegando las mujeres líderes del cantón, representantes comunitarias, gestoras culturales, directoras de proyectos sociales. Mujeres que sostienen territorios.

La experiencia de invitarlas a escribir desde su propia vivencia fue profundamente transformadora. No se trataba solo de escribir, sino de permitir que el arte literario las habite, que sus historias se conviertan en relatos capaces de dejar huella.

Nos adentramos, con respeto y ternura, en los hilos invisibles de su sensibilidad. A través de la palabra exploramos emociones, liberamos tensiones y transformamos el dolor en aprendizaje.

Mediante ejercicios guiados, oralidad, escritura libre y narrativa, se abrió un espacio de autoconocimiento y liberación emocional. No buscábamos perfección literaria, sino verdad, validar lo vivido y permitir que emerja.

En cada paso se revelaban mujeres capaces de mover el cielo y la tierra por el bienestar comunitario, muchas veces dejando de lado sus propias heridas. Sin embargo, en sus historias habita la fuerza de la resiliencia, del servicio y del amor.

Fueron dos días intensos y luminosos. Algunas escribieron; otras eligieron la oralidad, recordándonos que la palabra hablada ha sido, por generaciones, el primer y más legítimo canal de transmisión. En cada relato vibraba la memoria, la dignidad y la transformación.

Reconocieron que sus historias son únicas, pero también que reflejan realidades que se repiten: pobreza, abandono, lucha constante, brechas sociales, discriminación, desarraigo. Y, aun así, desde esas grietas han florecido en liderazgo, solidaridad y conciencia colectiva.

Quedan resonando palabras como estas:

  • “Soy generosa porque fui criada con entrega. Soy amable porque crecí rodeada de cuidado. Me gusta dar, porque todo lo que soy fue dado primero. Por eso mi corazón está en las comunas, en la gente que menos tiene. En cada abuelita, en cada abuelito, veo el rostro de mis viejitos, de mis padres del alma”.
  • “Este es tu momento de ser feliz y brillar. En realidad, siempre lo fue. Solo necesitas recordarlo: eres importante y mereces todo lo bueno para cumplir tus sueños”.
  • “Ya no duele tanto soltar. He logrado muchos objetivos, y seguiré haciéndolo”.
  • “Es un mundo bello cuando estamos rodeados de los conocimientos de nuestros abuelos, de nuestra cultura, de nuestra identidad”.

Siempre falta tiempo cuando el alma empieza a hablar; sin embargo, nos fuimos con la certeza de haber encendido la magia de transformar una experiencia en palabra, y la palabra en memoria viva.

Con los textos en mano, hicimos una promesa, de seguir creando espacios para que estas historias continúen tejiéndose, recogiendo aprendizajes y también abrazando los desaciertos.

Finalmente, me dio gusto dotar de libros Purik Arawi a este círculo de mujeres cuya pasión por la literatura acaba de arrancar. Cuando se entiende el compromiso de la palabra para seguir esparciendo por el mundo la luz de esperanza, de que se puede transformar.
 

 
Una vez más, las mujeres esparcimos las esporas de nuestras flores para recordarle al mundo que no basta un día o un mes para conmemorarnos o celebrarnos. Somos vida en permanente creación, desde nuestra energía florece la existencia misma, y en ella, el amor que sostiene al mundo.

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