El refugio de mi palabra – Mención de honor en el Concursos Miradas de Mujer en la Literatura 2026

Llueve.

Los días grises acompañan mi rutina y, cuando la lluvia cae con fuerza, algo en mí se abre. Las páginas en blanco se tensionan, expectantes. Las gotas se transforman en letras que arrastran escenas: risas, llantos, rostros difusos. Casi siempre, las primeras en llegar son las imágenes dolorosas. Entonces, recuerdo a la niña que fui y cómo se fue formando.

Frente a mí hay libros. Pienso en sus autores y en el gesto de soltarlos como quien deja ir a un hijo para que habite otros hogares, otras manos, otros ojos. Miro mi propio libro en la sección poesía y, aunque no haya gestado un hijo humano, he dado forma a este otro que tiene voz, rostro y ropajes. El me recuerda quien soy y me devuelve mi niñez.

No todas las infancias comienzan en la misma lengua ni bajo las mismas reglas. La mía empezó en mi comunidad indígena y continuó, de golpe, en un lugar donde mi cuerpo no tenía espacio, ni voz, ni compañía.

A los cinco años descubrí que el silencio también comunica, y que lo que no se dice, grita en los ojos, en los poros, en la piel. A esa edad salí de la comunidad. Mi padre estaba lleno de ilusiones: que su primera hija estudiara en la ciudad, en el colegio de monjas que tanto le habían recomendado. Mi madre lo veía como una pérdida de tiempo y dinero —para qué, si una mujer viene solo a parir—. Y yo, yo solo obedecía.

Las únicas veces que había salido a la ciudad antes eran en peregrinación, para visitar a alguna Virgen. Siempre terminaba con una foto montada en el caballo disecado de los patios de esas iglesias.

Aquel día no había caballos de cartón piedra. Era un mundo diferente.

Ahí estaban las niñas: blancas como la nieve, con cabellos rizados y dorados. Sus uniformes eran nuevos; sus zapatos, brillantes.

A pesar del refunfuño de mi madre, a ella también le había tocado asumirlo: su hija iría a una escuela de ciudad. Por eso mi uniforme estaba nuevo. Pero los zapatos, lustrados como mandaba el reglamento, ya se habían enlodado aquella mañana de lluvia.

Sin embargo, lo que nadie había podido lustrar, lo que no estaba preparado, era mi lengua. En la comunidad, mi lengua madre era el kichwa. En la ciudad nadie la hablaba. Yo entendía el español —mi madre y padre lo usaban de vez en cuando—, pero el mío no era claro. Se trababa, tropezaba contra el paladar como un pájaro en una jaula nueva.

Aquella primera mañana, mi madre me despertó a las cuatro para bañarme en el riachuelo detrás de la casa. Lloré con todas mis fuerzas. El agua mordía la piel, y al peinarme, sus tirones me estiraban el cuero cabelludo como si estuviera desollando un chancho. El llanto era tal que el eco lo atrapaba en el peñasco y lo devolvía amplificado.

Así se volvió rutina. Desde entonces los vecinos de la comunidad me tomaron por su reloj:  “Si la niña llora, son las cinco”.

Luego, con el uniforme puesto y los zapatos relucientes —aunque pronto se cubrirían de polvo—, emprendíamos la caminata de varios kilómetros hasta la parada del bus. Algunas madrugadas eran de una oscuridad espesa. Yo tropezaba una y otra vez, hasta que mi padre, sin decir palabra, me subía en sus hombros. Desde allí el mundo se mecía. Yo podía dormir, o fingir que dormía, mientras sentía que él caminaba por los dos.

En otras noches, la luna nos acompañaba. Era una lámpara pálida que avanzaba con nosotros. Yo, que empezaba a aprender de todo, al verla llena y cercana, estaba segura de que allí, en sus cráteres, vivían Jesús, María y José. Esa certeza me llenaba de un calor extraño. Entonces, ya no caminábamos solos mi padre y yo. Éramos caravana sagrada.

El miedo me envolvía. Miedo a todo lo que me rodeaba en la ciudad. Las niñas me observaban con una curiosidad fría, preguntándose por qué mi español tropezaba. Esa interferencia lingüística me delataba y alimentaba un pánico más hondo, silencioso.

Una mañana, la profesora nos pidió pasar al frente para contar algo del fin de semana. Un miedo congelante se apoderó de mí. Mientras esperaba que dijera mi nombre, estudiaba a las otras niñas: la seguridad de sus manos, la firmeza al pararse, la sonrisa al terminar. Yo, en cambio, estaba muerta de miedo. Fue entonces cuando mi cuerpo tomó la decisión por mí.

No pude levantarme. Solo sentí una humedad tibia e inesperada que se expandía por mi falda y me inmovilizaba por completo. Me quedé quieta, sabiendo que cualquier movimiento empeoraría el desastre. Luego llegó el olor.

La maestra se acercó. Me miró. No dijo una palabra. Me tomó del brazo con firmeza y me llevó al baño. En ese instante, sonó el timbre de salida. Salió al corredor, buscó a mi padre —que ya esperaba— y me entregó a él sin siquiera mirarme a los ojos. Después, se dio la vuelta y se fue.

Mi padre, avergonzado, me llevó a un cuartito del viejo hospital donde trabajaba. Allí abrió las llaves al máximo y me bañó tres veces, frotando con jabón hasta que la piel me ardía. Acto seguido, y con el mismo ímpetu, me reprendió con su correa de cuero. «Para que no lo vuelvas a hacer», dijo.

Aprendí que desde entonces solo tenía dos caminos: callar y arriesgarme a una vergüenza mayor, o encontrar el valor para susurrar una petición a la profesora. En mi comunidad no existían los servicios higiénicos. Cuando el cuerpo pedía, íbamos detrás de las piedras gigantes y usábamos hojas o ramas finas. Esa era la norma, el protocolo de un mundo que no existía en la ciudad.

Y desde entonces también adopté un alias. Mi padre, en un intento por convertir la vergüenza en algo llevadero, me llamaba «picho» —una fusión del verbo en kichwa y el complemento en castellano—. Un mote que era, al mismo tiempo, un recordatorio cariñoso y una marca a fuego de lo sucedido.

El miedo se había instalado en mi ser. Mi estrategia fue hacer esfuerzos dobles: cumplir lo encomendado, romper la barrera del pánico y actuar, pase lo que pase. A base de esta tensión constante logré avanzar los primeros años de escuela.

Yo era la primera hija y, para mi madre, aquella también era una primera vez. A ella le tocaba relacionarse con señoras “blanqueadas” y encopetadas de la ciudad. En su pasado guardaba una herida de un recuerdo vago pero nítido: haber trabajado como empleada doméstica durante meses, sin paga, para terminar acusada de ladrona y expulsada sin un centavo. Con esa cicatriz, ella también se enfrentaba a un mundo de costumbres incomprensibles. No éramos dos forasteras en tierra ajena; éramos, madre e hija, dos eslabones de la misma cadena de incomprensión.

Mi padre trabajaba en el hospital de la ciudad. Por un golpe de suerte —inusual para un hombre de comunidad indígena—, tenía un empleo estable: sueldo fijo, seguro social. Como parte de sus regalías, y quizá considerando su origen, le habían asignado una habitación junto a la morgue. Allí podía quedarse las noches en que el retorno a la comunidad era imposible. Aquel cuarto, con su olor a formol y silencio de umbral, se convirtió en nuestro refugio urbano.

Él me recogía y me llevaba consigo. Su dominio era la cocina, un reino de vapor y calor donde una decena de mujeres revolvían ollas gigantes. Preparaban montañas de comida para doctores, enfermeras y pacientes. Y, por supuesto, para mí.

Ellas me adoptaron de inmediato. Siempre me servían primero, antes que a cualquier adulto, consintiendo a «la criatura». Cuando me veían despeinada, con el cabello revuelto por el viento del camino, me llamaban a su lado. Con manos expertas y suaves, tejían en mi cabeza bellas trenzas que me hacían sentir arreglada, casi bonita. Se convirtieron en mis madres de ciudad, un coro de atenciones pendiente de cada uno de mis pasos.

Había días en que mi padre iba al mercado por provisiones. En esa época funcionaba “la carreta marañón”:  un caballo que arrastraba un cajón a modo de carruaje. Yo lo acompañaba a menudo. Era divertido viajar encima de los costales de arroz y azúcar destinados al hospital. Cada mes, éramos los proveedores del “pelotón”. Me gustaban esos días de colores, sabores y formas abundantes.

Mientras mi papá y yo nos partíamos a la ciudad, mi madre se quedaba en la comunidad. Allí su mundo era la vida de campo: las chacras, los animales y los bordados finos que luego se entregaban a comunidades lejanas.

Cuando no había clase, mi madre también me enviaba con papá a su trabajo. Su verdadero motivo era asegurarse de que no bebiera. A él le encantaba la parranda, —decía haberlo aprendido de su suegro y de mi abuela, y era fiel a esa enseñanza—. A la menor oportunidad, se perdía en el alcohol y no se sabía nada de él. Por eso yo lo acompañaba: era su llavero, su talismán contra la desaparición.

Muchas noches no regresábamos. Mi padre se estancaba en alguna esquina con sus amigos. Yo pasaba horas sola en la habitación junto a la morgue, escuchando el crujido de la rueda del carro que se dirigía al anfiteatro. A veces, la curiosidad vencía al miedo. Los seguía a escondidas y observaba, desde la sombra, cómo el guardia del umbral trabajaba con cuerpos inertes. La sangre se secaba rápido. El olor a formol era una presencia densa que impregnaba hasta nuestro refugio.

Mi padre llegaba de madrugada, en los peores estados, y se desplomaba en la cama, seco como un zambo. A la mañana siguiente, iba a trabajar.

Yo volvía a la escuela, a mi lenta adaptación. Pero por las tardes, mi padre me llevaba de tour por los lugares más extraños de la ciudad. Había una calle de estancos —locales de beber— donde él era cliente conocido. En la entrada había una rockola, un aparato mágico que, con una moneda y la presión de una tecla, soltaba una canción. La señora que atendía me enseñó  a usarla. Me gustaba ir solo por eso: por elegir la melodía que acompaña la copa tras copa de mi padre, ese brebaje que lo sumía en un coma etílico. Luego me sentaba a su lado, a esperar el fin del ritual para regresar a nuestro refugio del hospital.

Estas cantinas abarrotadas de ruido y humo, a veces me encontraba con mi reflejo: otra niña de cabello despeinado y ropa sucia, que abrazaba una muñeca de trapo sin ojos. La veía sentaba, en la misma postura de espera junto a su madre, quien bebía con cualquiera con la misma dedicación que mi padre. Ninguna de las dos sonreía.

Un día, sin mediar palabra, nos atrevimos a bajar bajo la mesa. Era otro universo: Un bosque de botellas vacías y tapas que hacían de diamantes. Allí, su muñeca sin ojos se convertía en la princesa de un castillo que construíamos con esmero, una princesa que había que rescatar de algún peligro imaginario. Yo, que ya empezaba a descifrar las letras, ponía voz a aquellas aventuras.

No sé cuántas horas pasamos así, en nuestro mundo de castillos y calma, mientras arriba resonaba el despelote de la borrachera: gritos, discusiones, peleas. Bajo la mesa, solo existía el susurro de nuestro juego. Queríamos quedarnos allí para siempre.

Cuando el cansancio nos venció, nuestros padres ya yacían dormidos sobre la mesa. Nosotras, como dos bultos pequeños y exhaustos, nos acurrucamos junto a ellos cayendo en un profundo sueño. Supongo que, al darse cuenta, nos cargaron en brazos hasta nuestros respectivos refugios. Yo siempre despertaba en la cama del hospital, junto a la morgue.

A medida que pasaba el tiempo, aprendí a leer. El libro de gramática se me hacía cuesta arriba, una selva de reglas tan incomprensible como una ecuación para quien recién empieza. En cambio, los poemas cortos y los cuentos llegaron a mi como un regalo. Había uno que repetía como un mantra, porque me recordaba a mamá:

Mi madre me cuida y me guía,
me da su amor cada día.
Cuando estoy triste o con temor,
me abraza fuerte con su calor.

Mi madre no era afectiva conmigo, pero en la cadencia de esos versos encontraba el consuelo que su ausencia me negaba.

Con el tiempo, el aprendizaje se fue afinando. Esperaba con ansias los domingos, cuando como tarea debíamos comprar el periódico, porque allí, entre sus páginas encontraba pequeños suplementos repletos de historias, poemas, crucigramas y laberintos de palabras. Cuando mi papá se esfumaba en sus parrandas, me refugiaba en la cueva del hospital. Allí entre tareas, releía una y otra vez esas revistas dominicales hasta que las palabras se grababan en mi memoria. Las historias que leía podía no solo entenderlas, sino habitarlas: mirarlas, oler sus paisajes y sentirlas.

Mi padre estrechó amistad con un nuevo compañero que vivía  cerca del hospital. Se volvió su socio indiscutible de juerga. Con ellos recorría las verbenas de la ciudad donde la música brotaba en cada esquina. A mi me sosegaban con dulces mientras ellos libaban sin tregua. Las noches terminaban siempre en la misma penumbra, la casa del amigo. Mientras bebían sin cesar, yo aguardaba paciente a que concluyeran aquel ritual para poder regresar a nuestro refugio.

De aquella época conservo grandes claroscuros en la memoria. Quizá sea la amnesia disociativa la que borronea esos recuerdos. Solo una certeza permanece intacta: mi deber era cuidar a mi padre. Hubo muchas cosas que pudieron ocurrir, pero mi mente, en un acto de piedad, optó por el olvido.

Decidimos no regresar a la comunidad entre semana. Los buses eran irregulares y no podíamos arriesgarnos a faltar: él, a su trabajo; yo, a la escuela. Mi madre permanecía en la casa de la comunidad, mientras yo libraba mi propia batalla por descifrar los códigos de una ciudad que se me resistía. Mis costumbres se transformaban, pero había un hilo que unía ambos mundos: el alcohol. En la ciudad, era la pendiente resbaladiza de mi padre; en la comunidad, el legado amargo de las haciendas, el opio colectivo para un dolor histórico.

La escuela seguía siendo un campo de batalla. Aunque entre niñas la discriminación no fuera explícita, sus miradas podían delatarme, acentuando la fisura de mi diferencia.

En tercer grado, nos pidieron montar una obra para toda la escuela. La maestra eligió «El ladrón de botas», de Carlos Portela, un cuento de los libros de gramática que pretendía enseñar valores como la picaresca, la consecuencia y la justicia. Narraba la historia de un hombre pobre que, arrastrado por la necesidad, roba unas botas. El texto exploraba la pobreza y el deseo inocente de alegrar a un niño.

Al repartir los papeles, todos encontraron el suyo. Hasta que llegó el protagonista: el ladrón, un «paisano vago» que, según el relato, debía tener «cara de pobre, indigente, grotesco». La mirada de la profesora barrió el aula y se ancló en mí. Lo había encontrado. Dediqué varias jornadas a ensayar aquel papel que, sin saberlo, ya llevaba escrito en el rostro.

Para el estreno, mi madre me consiguió ropas propias de niños de la comunidad. Encarné al ladrón. Con un miedo escénico que me hacía sudar a mares, no tuve que fingir el temor del acusado. «Temblaba como un pajarito herido», decía el texto, y mi cuerpo lo cumplió al pie de la letra. El público aplaudió. Habían creído en el personaje, no en la niña que lo interpretaba.

Salí disparada a buscar a mi madre entre la multitud. Toda la escuela estaba abarrotada de personas encopetadas y con tacones ochenteros. Al no ver a mi madre, me quedé paralizada. Entonces escuché a una señora enjoyada comentar: «Qué realismo. Trajeron a un indio de verdad de la comunidad para el papel.» El elogio me atravesó como un cuchillo frío. Lo que ella no sabía era que el ladrón de botas compartía pupitre con su hija los demás días del año.

Aquella noche, por primera vez, me estudié en el espejo. Reparé en mi piel más oscura, en mis facciones marcadas, tan distintas a la ligereza de mis compañeras. Tenía un rostro más grave, más fuerte. El rostro de niño. Entonces germinó en mí un miedo nuevo: el miedo a mi propio reflejo. A ser «como un niño, de piel oscura», algo que, por lo que insinuaban, no era deseable. Fue la época en que los miedos echaron raíces, fértiles, en cada esquina de mi mundo.

Como la hija mayor de la hija mayor de la familia, crecí en una soledad sin testigos. Sin otros niños con quienes compartir y jugar, las letras me daban la posibilidad de crear nuevos entornos. Podía pasar horas desentrañando las formas de una pared blanca, donde surgían  cabras, montañas, rostros y ríos, cosas inimaginables.

Incluso en la comunidad vivía sumergida en un mar de grafías. Las paredes de nuestra choza estaban empapeladas con periódicos que mi padre traía de la ciudad.: noticias de guerras lejanas, de crisis económicas, de un mundo incomprensible y vasto. Dormíamos los tres en una misma cama, cubiertos por una sobrecama de payasos cuyas sonrisas se mezclaban con letras en inglés. Me despertaba, pues, en un amanecer de signos ajenos. Vivía, literalmente, inundada de palabras.
Así fui aprendiendo a habitar dos ritmos vitales. En tiempos de cosechas me sumergía en un mar de tamo, nadando entre el polvo y el trigo dorado. Los cachetes se nos volvían colorados, se curtía la piel hasta partirla. Íbamos al cerro por leña para cocinar, y acompañamos a la familia en los bailes de San Juan donde las mujeres, radiantes en sus mejores trajes, danzaban días enteros al compás del mismo brebaje que atrapaba a mi padre.

En el campo se podía sentir la amplitud liberadora de la pradera, donde uno podía correr hasta perderse. Y, sobre todo, sin olvidar la minga, ese milagro cotidiano donde todos éramos un solo brazo, una sola voluntad, compartiendo después el alimento de la olla común. Esa memoria de unidad jamás me abandonó.

Y, ¿qué había de los niños de la comunidad?

Ellos estaban allí. Aunque la escuela nos separaba, siempre fueron un refugio de complicidad. Un día, de paso hacia la casa de mi abuelita, me detuve frente a la ventana de su escuela. Los vi: sentados, inquietos, sonrientes. Entre pupitres quebrados y un pizarrón partido, su atención era un imán. Una punzada de desarraigo me dejó sin aliento. Ni de aquí, ni de allá. Sentí, con una claridad dolorosa, que uno de esos asientos vacíos me pertenecía por derecho. Que una de esas sonrisas estaba destinada a cruzarse con la mía. Di media vuelta y seguí caminando, cargando con el peso de una nostalgia que ya era parte de mí. Los había extrañado, sí. Los extrañaría siempre.

De vuelta en la ciudad, mi ritual de espera tenía un lugar fijo: una esquina del sector de Emergencias. Me sentaba allí, a la expectativa. No sabía de qué, pero presentía que algo llegaría.

Y llegó. El día del accidente. Un bus de mi comunidad se estrelló y el hospital se convirtió en un infierno de sonidos y formas distorsionadas. Ambulancias, gritos desgarradores. Vi pasar a una mujer con un ojo fuera de su órbita, a un hombre cargando su propia pierna como un fardo macabro. Mi corazón, pequeño y asustado, no daba abasto. Todos los rostros golpeados eran indígenas. Contuve el aliento, escudriñando cada herida, temiendo encontrar en ellas los ojos de mi madre. Solo me calmé cuando pasó el último de los heridos.

Corrí a refugiarme con mi padre, temblorosa, anhelando el abrazo de mi madre que estaba a kilómetros de distancia. Noches enteras el sueño me fue esquivo, pero cuando el miedo acechaba, mis libros de escuela estaban ahí, páginas abiertas como brazos, para despejar el horror de mi mente.

Fue así como aprendí a vivir: en la frontera permanente entre el caos de la ciudad y el dolor resonante del hospital. Nutriendo silencios, coleccionando miedos en los bolsillos del alma. Y, en medio de aquel torbellino, mi tabla de salvación, mi antídoto infalible, fue la lectura. Cualquier texto era una boya a la que aferrarme. Leer se transformó en el acto más vital: era despejar los temores para no naufragar, era trazar un rumbo en la niebla, era, sencillamente, la forma de no perderme del todo a mí misma.

En ese entonces, aún no trazaba las letras con un lápiz, pero mi mente era un tintero inagotable. Creaba historias al modo de mis ancestros: oralmente, dándoles vida con el aliento. Inventaba amigos imaginarios, compañeros de celda para sostener los embates de una infancia a la intemperie.

Así, me volví una arquitecta de universos paralelos. Era una ávida consumidora de las imágenes que vivía, y con ellas tejía viajes hacia finales felices. En esos reinos de ficción, hablaba con todo. Me erguía, libre del silencio y del miedo que me paralizaban afuera. Allí sonreía con el empoderamiento que en la realidad permanecía enclaustrado. Era valiente. Podía decirle a todos lo que me disgustaba. Incluso podía negarme a seguir a mi padre. En mis historias, todo era posible. Y con el tiempo, ese poder comenzó a filtrarse en la realidad.

Leer cualquier cosa, incluso lo que solo medio comprendía, se volvió mi actividad más íntimo. Esa costumbre me persigue: aún hoy, al llegar a un lugar nuevo, mis ojos escrutan ansiosos las palabras, los letreros, los grafitis. Son mi brújula visceral, un sexto sentido que me indica si estoy en un sitio seguro o si debo girar sobre mis talones y huir, sin regresar a ver.

Comprendo ahora que la palabra fue mi primer refugio anterior incluso a la escuela. Y lo fue aún más allí, en medio de una soledad tan vasta. La literatura se convirtió en un alma secundaria que me permitía navegar cualquier emoción que mi ser primario no supiera contener.

Al terminar la escuela llevaba un libro entero escrito en la memoria. Sus páginas se habían ido llenando en cada día vivido. Mantenía un pie en el movimiento urbano, y otro en la comunidad. A este ritmo dual, me he adaptado entre el campo y la ciudad. Muchas veces me encontraba con un eslabón cuando las prácticas comunitarias no eran posibles en las grandes urbes.

Sin embargo, empecé a encontrar semillas. Pocas, dispersas, pero semillas al fin. Eran personas como yo: sobrevivientes de historias propias, cargadas de miedos, pero también de fortaleza a prueba de fracturas. En ellas vislumbré los materiales brutos para mi propia construcción: un diamante tallado por la resiliencia.

Así, el giro se fue operando: dejé de ser solo consumidora de letras para convertirme, lenta pero irrevocablemente, en fábrica de palabras. Aprendí a acogerlas, domesticarlas y ponerlas a mi servicio.

Comencé a escribir. A dar forma a las historias que, en su esencia, eran textos de una migración interna. Relatos que gritaban el aprendizaje de las aves: cómo resistir, cómo cantar, cómo construir el nido en distintos pisos climáticos del alma.

La comunidad nunca me abandonó; se replegó en mi sangre. Lo que se nace siendo no puede desarraigarse. Por más que se adquieran otras costumbres, otros hábitos, la savia primera encuentra su cauce. Escribir se ha revelado, entonces, como el acto supremo de continuidad. Es la manera en que la niña silenciosa, la que llevo dentro, sigue viva y habla. Mi identidad no se quebró ante el vértigo del cambio.

Se transformó.
Y en esa transformación, encontró su voz.

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