Desde wambra escribí para no morir y así mismo se llamó mi primer poemario cartonera «Pastillas para no morir», pues cada poema cargaba noches de insomnio, visitas al inframundo, besos destrozados, alegrías finitas e infinitas.
Citas aborrecidas y amadas. Encuentros y perdiciones. Quizá los poetas tenemos mucho de eso, nuestra voz es el aliento del alma.
Después de leerme siempre tengo la sensación de haber tomado medicina y haber vomitado toda la noche, luego de lo cual amanece bien bonito con los colores nuevos la liviandad única y la sanación a flor de piel.
¿Cómo he tomado este camino? Fue dejarme llevar por la corriente del río que nace de destrozar el miedo
de hablar. Sí, de romper el silencio frío de cosas sin sentido.






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